
“Refugio” acuarela por la artista Karina Polacek
Autora Maira Pirchio
Hace un tiempo, cruzando una calle, un auto frenó de golpe a pocos centímetros de mí. El corazón se me disparó, las piernas se pusieron rígidas y sentí el calor subir por el pecho. Fueron apenas unos segundos. Y, sin embargo, un rato después, ya en casa, al contarlo, mi cuerpo había vuelto a su cauce: podía respirar hondo, reírme del susto y seguir con la tarde. La puerta que se había abierto de golpe se había cerrado sola.
Esa misma semana recordé, sin que nada en particular lo convocara, un comentario que un profesor me había hecho muchos años atrás, durante la práctica de básquet femenino. Un comentario menor, dicho quizás sin intención de herir. Y, sin embargo, décadas después, todavía puedo sentir ese mismo calor subiendo por el pecho al recordarlo. Esa puerta, en cambio, nunca se cerró del todo.
Dos sucesos con intensidades muy distintas y, aun así, algo idéntico se activó en mi cuerpo en ambos casos: la misma alarma interna, el mismo lenguaje neurofisiológico. Esa coincidencia es la que quiero explorar aquí, porque entender qué tienen en común el estrés y el trauma —y en qué momento uno puede transformarse en el otro— me parece una de las preguntas más urgentes para pensar la salud de nuestro tiempo.
La misma alarma
El estrés, lejos de ser un enemigo, es una de las funciones más antiguas y necesarias de cualquier organismo vivo. Fue Hans Selye quien, a mediados del siglo pasado, describió esta respuesta general de adaptación: un conjunto de cambios fisiológicos que el cuerpo despliega frente a cualquier demanda que amenace su equilibrio.
Ese equilibrio no es estático, sino dinámico. El investigador Bruce McEwen lo llamó alostasis: la capacidad del organismo de mantenerse estable precisamente a través del cambio, activando de manera coordinada los sistemas nervioso, hormonal e inmunológico.
Cuando cruzo la calle y el auto frena de golpe, se activan, entre otras estructuras, el hipotálamo y la amígdala —esa pequeña estructura cerebral implicada en la detección del peligro y en la asignación de significado emocional a lo que percibimos—. A través de distintas vías, se ponen en marcha el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal (HPA) y el sistema nervioso simpático, liberando adrenalina y cortisol y preparando al cuerpo para responder.
Como señala José Bonet, psiquiatra argentino especializado en estrés, esta respuesta de lucha o huida nos la dio la naturaleza para protegernos, no para dañarnos. Se trata de una reacción que involucra prácticamente todos los órganos del cuerpo y que, cuando cumple su función, puede apagarse tan rápido como se encendió. Es una función necesaria y fundamental para nuestra supervivencia y, por eso, muy valiosa.
Lo notable es que este sistema de alarma no distingue necesariamente entre los distintos tipos de amenaza. La misma amígdala, los mismos sistemas neuroendocrinos y el mismo lenguaje neurofisiológico pueden ponerse en marcha frente a un semáforo en rojo que aparece tarde, frente a una discusión incómoda o frente a una situación verdaderamente devastadora.
Las vías neurofisiológicas involucradas son, en buena medida, las mismas. Lo que cambia —y esto es la clave de todo lo que sigue— es lo que sucede después de que la alarma sonó.
Cuando la puerta no vuelve a cerrarse
Gabor Maté, médico canadiense especializado en trauma y adicciones, propone una definición de trauma que me resulta iluminadora precisamente por su sencillez: el trauma no es el suceso doloroso en sí, sino lo que queda de él adentro nuestro. No es solamente el acontecimiento, sino la herida que puede perdurar mucho después de que el acontecimiento terminó.
Y agrega una imagen que resulta muy útil para pensar la diferencia con el estrés adaptativo: una herida que cicatriza bien deja una marca, pero permite seguir moviéndose con libertad; una herida que no cicatriza queda en carne viva, sensible al roce más mínimo, obligándonos a estar siempre alerta y a protegerla.
Esto es, en el fondo, lo que distingue al estrés adaptativo del trauma: en el estrés, la puerta se abre —se activa la alarma, el cuerpo responde— y luego se cierra. El sistema vuelve a un estado de regulación, disponible para la siguiente demanda.
En el trauma, en cambio, la puerta puede quedar entreabierta. El sistema de alarma no logra apagarse del todo y entonces puede seguir activándose, una y otra vez, frente a estímulos que quizás ya no tienen una relación evidente con aquello que originó la herida.
Recuerdo una consultante que había sufrido, en incontables ocasiones, juicios desvalorizantes por parte de su hermana mayor durante la infancia. De adulta, reaccionaba con mucha agresividad ante opiniones dichas al pasar y, a su vez, interpretaba determinados comentarios como juicios dirigidos hacia su persona. La herida había quedado en carne viva y el mínimo roce podía activarla.
José Bonet lo describe con precisión al hablar de las heridas en la infancia: cuando el trauma actúa sobre un sistema nervioso todavía en formación, no solo deja una marca puntual, sino que puede influir en la manera en que ese sistema responderá de ahí en adelante. El resultado puede ser una persona que reacciona de manera excesiva frente a situaciones cotidianas, porque su sistema de alarma ha quedado más sensible.
T grande y t pequeña
Una de las distinciones más útiles que ofrece Maté es la que hace entre lo que llama trauma con T mayúscula y trauma de t minúscula.
El primero es el que solemos imaginar cuando pensamos en la palabra: el abuso, la violencia, el desastre, todo aquello que evidentemente desborda la capacidad de una persona para procesarlo en el momento en que ocurre.
Este es el campo de la pedagogía de la emergencia por excelencia: situaciones de catástrofe o experiencias de emergencia potencialmente traumáticas.
El segundo, en cambio, es mucho más silencioso y mucho más frecuente. No requiere necesariamente un acontecimiento catastrófico, sino que puede surgir también de la ausencia: de no haber sido visto, sostenido o acompañado emocionalmente en un momento en que eso se necesitaba.
En otras palabras, un acontecimiento que desde afuera puede parecer menor puede resultar traumático para una persona. Esto dependerá, entre otras cosas, de su sensibilidad al entorno, de sus necesidades fisiológicas, afectivas y espirituales y de cuán disponible y perceptivo haya estado ese entorno en relación con esas necesidades.
Entender esto, para los profesionales de la salud, me parece urgente. Nos invita a ampliar una mirada centrada exclusivamente en las condiciones materiales y externas y a acercarnos a la perspectiva individual y biográfica de cada persona: sus necesidades íntimas, su historia particular y el aporte único que podemos ofrecer a su desarrollo.
Maté ubica el origen de este trauma de t minúscula en una tensión que atraviesa a todo ser humano: la que existe entre nuestra necesidad de apego —de cercanía, de pertenencia, de ser cuidados— y nuestra necesidad de autenticidad, de ser quienes verdaderamente somos.
Cuando de niños sentimos que solo podemos conservar el vínculo con quienes nos cuidan a costa de escondernos a nosotros mismos, de no manifestar nuestras verdaderas emociones o necesidades, algo puede fracturarse silenciosamente, sin que haga falta ningún hecho dramático que lo explique.
Y ahí aparece, creo, una pieza fundamental: lo que determina si una situación estresante deja una puerta que se cierra o una que queda abierta no depende únicamente de su intensidad objetiva, sino también de cómo pudo ser procesada y de las condiciones de sostén disponibles.
Un estrés agudo, por grande que sea, puede tener más posibilidades de resolverse cuando existe sostén, cuando hay otro, otra presencia, que ayuda al sistema nervioso a encontrar nuevamente su regulación.
La soledad frente al desborde, en cambio, puede convertirse en uno de los factores que contribuyen a que una experiencia estresante se transforme en una herida que no cicatriza.
Es por eso que resulta tan importante el concepto de co-regulación en la infancia: la manera en que los adultos cuidadores ayudan a los niños a regular sus estados internos a través de su propia presencia y regulación.

“Misterio” acuarela de la artista Karina Polacek
Lo que se puede volver a aprender
Hay algo profundamente esperanzador en todo esto, y quiero detenerme ahí antes de cerrar.
Bonet aclara, al hablar del sistema de estrés moldeado tempranamente, que determinar no es lo mismo que sentenciar: aquello que el ambiente temprano modela también puede modificarse, tratarse y volver a regularse. La puerta que quedó entreabierta puede, con el trabajo adecuado y el acompañamiento necesario, aprender a cerrarse.
Esto tiene consecuencias muy concretas para cómo pensamos el cuidado, en cualquier ámbito de la vida donde las personas estén expuestas a la exigencia sostenida: lo que un sistema nervioso alterado necesita no es únicamente que desaparezca el estímulo estresante, sino también recuperar la experiencia de que existe un otro disponible, un entorno que sostiene, un espacio suficientemente seguro donde el cuerpo pueda, finalmente, volver a confiar en que la alarma puede apagarse.
Vuelvo, para cerrar, a esas dos escenas con las que empecé: el auto que frenó a tiempo y el comentario de aquel profesor que todavía, después de tantos años, puede encenderme el pecho.
Ambas experiencias activaron la misma alarma, el mismo sistema de supervivencia que compartimos como especie. La diferencia entre una y otra no estuvo solamente en la intensidad del hecho, sino en lo que sucedió después: en si hubo alguien —o algo dentro de mí— capaz de ayudar a que la puerta volviera a cerrarse.
Ese algo dentro de nosotros puede ser pensado, desde la Antroposofía, como nuestra organización del Yo: el jinete que puede aprender a conducir al caballo desbocado de las emociones.
Mirado desde otro lugar, dentro de un marco terapéutico, ese sostén puede encarnarse en el terapeuta, en un acompañamiento amoroso y recíproco.
Lievegoed expresa esta idea de manera particularmente profunda cuando señala:
“La fuerza terapéutica no viene de lo que uno ya puede hacer, sino de aquello que uno por sí mismo, como terapeuta, lucha por conseguir. Solo entonces podrá uno encontrar al paciente en igualdad de condiciones, como dos personas que luchan juntas.”
El acompañamiento del terapeuta cobra un nuevo sentido bajo esta mirada. No se trata simplemente de una persona que guía a otra, sino de dos seres humanos que, desde sus propios procesos de desarrollo, se encuentran y se acompañan en un proceso de transformación y cicatrización.
Entender esto es una invitación a mirar con más compasión nuestras propias reacciones desproporcionadas, nuestras alarmas que a veces suenan fuerte frente a estímulos pequeños.
Y es también el punto de partida necesario para adentrarnos en el territorio más profundo del trauma: ese lugar donde la puerta, por alguna razón, todavía no ha podido cerrarse.
Bibliografía
Bonet, J. (2016). Cerebro, emociones y estrés: Las respuestas de la psiconeuroinmunoendocrinología. Ediciones B Argentina.
Lievegoed, B. C. J. (2021). El hombre en el umbral: El reto del desarrollo interior. Editorial Antroposófica.
Maté, G., & Maté, D. (2022). El mito de la normalidad. Avery.
McEwen, B. S. (1998). Protective and damaging effects of stress mediators. New England Journal of Medicine, 338(3), 171–179.
Pirchio, M. E. (2026). Estrés laboral docente en contextos educativos alternativos: un estudio del burnout y la salud percibida en una escuela Waldorf [Tesis de maestría, Universidad Favaloro].
Selye, H. (1956). The stress of life. McGraw-Hill.
Maira Pirchio es Licenciada en Psicología (UBA). Se formó en “International Anthroposophical Studies” en Goetheanum y en psicoterapia antroposófica en Buenos Aires, Argentina. Es Magister en Psiconeuroinmunendocrinología en la Universidad Favaloro. Interesada en el estudio, aplicación e integración de las terapias complementarias antroposóficas y en los abordajes transdisciplinarios. Contacto: mairapirchio@gmail.com
*Imágenes de la artista Karina Polacek. Contacto IG de la artista: @karinapolacek
